Querida Irilu, niña del país de las amapolas:
Hoy el sol se ha puesto naranja en el horizonte y te has venido a mis pensamientos, te he estado extrañando este último tiempo. He ido a buscarte a donde las mariposa salen a jugar y los duendes corren libremente, por supuesto como no te vi entonces decidí ir al viejo molino donde solíamos comer mandarinas, aquel donde confesaste amar la vida. Después de pasar el bosque de los sueños me encontré con unas viejas chicharras y pregunté por vos, me han dicho que andas detrás del alba y duermes entre las nubes las noches de luna llena. Yo creí haberte visto danzando y haciendo siluetas en el mar, siempre tienes esa facilidad de ponerle un poco de vos a las cosas que amamos.
Hay tantas cosas que quisiera contarte, ¿Recordas cuando pintamos aquellas flores en un campo y vos decidiste ponerles Amapolas? O ¿Cuándo el cielo nocturno te pareció tan oscuro que de tus ojos creaste las estrellas para que me acompañen? Es por eso que pareces habitar en cada uno de los pequeños detalles de lo que me rodea, tu naturaleza curiosa y juguetona es capas crear espacios donde la magia vuelve a existir. Tu sonrisa parece dibujarse en algunos destellos del sol cuando el día se despide, tu risa se aparece en los pequeños rincones de la casa y comienza a correr para todos lados, sin embargo tu perfume es capas de embriagar a las flores y nacer la primavera. De lo que estoy seguro es que no importa la estación, algo de tu esencia siempre persevera. Han pasado milenios y aún no puedo olvidar tu rostro entre girasoles, casi tan antigua como las montañas o las historias, no puedo contener mis lagrimas de amor cuando encuentro las viejas hamacas donde supimos saltar y tocar lo divino. Una caricia llena de gracia me invade el corazón, es autentico y suave como un momento de plenitud, los vientos del sur son una sinfonía que me acompaña y trae consigo susurros de tu corazón. Irilu del país de las amapolas, reina de la alegría, siempre pareces tan libre como el día que naciste de un retoño de luz, reencarnas tantas veces en la credulidad de las luciérnagas que te adoran, Señorita de astros y centellas tan grata se vuelve la existencia cuando siento desde tu amor.
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